lunes, 11 de agosto de 2008

GEORGIA ON MY MIND






6 comentarios:

ella tambien dijo...

muy triste eso.


ray charles un genio.

saludos.

Rob Rufino dijo...

un horror

Roy Jiménez Oreamuno dijo...

Simplemente horrible, la guerra es una de las cosas más dolorosas que el ser humano hace, y por más justas que estas sean, siempre van a causar mas muertos, que lo que las inicio.

Yo puse un post sobre esta guerra, por si lo desean ver en mi blog.
Saludos

PiN dijo...

directo a la poblacion civil.
uff.... no hay palabras.
Un abrazo desde Jerusalem.

Montmartre dijo...

Es el maldito comunismo que sigue avanzando, por derecha o por izquierda.

Anónimo dijo...

LA FRONTERA DEL ARTE (galeano)

Fue la batalla más larga de cuantas se pelearon en Tuscatlán o en cualquier otra región del Salvador.Empezó a la medianoche, cuando las primeras granadas cayeron desde la loma, y duró toda la noche hasta la tarde del día siguiente. Los militares decían que Cinquera era inexpugnable. Cuatro veces la habían asaltado los guerrilleros y cuatro veces habían fracasado. La quinta vez, cuando se alzó la bandera blanca en el mastil de la comandancia, los tiros al aire empezaron los festejos.

Julio Ama, que peleaba y fotografiaba la guerra, andaba caminando por las calles. Llevaba su fusil en la mano y la cámara también cargada y lista para disparar, colgada del cuello. Andaba Julio por las calles polvorientas en busca de los hermanos gemelos. Esos gemelos eran los únicos sobrevivientes de una aldea exterminada por el ejército. Tenian dieciseis años. Les gustaba combatir junto a Julio; y en las entreguerras, él les enseñaba a leer y a fotografiar. En el torbellino de esta batalla, Julio había perdido a los gemelos, y no los veía entre los vivos ni entre los muertos.
Caminó a través del parque. En la esquina de la iglesia se metió en un callejón.

Y entonces por fin los encontró. Uno de los gemelos estaba sentado en el suelo, de espaldas contra un muro. Sobre sus rodillas, yacía el otro, bañado en sangre; y a sus pies, en cruz estaban los dos fusiles.

Julio se acercó, quizás dijo algo. El gemelo que vivía no dijo nada, ni se movió: estaba allí, pero no estaba. Sus ojos que no pestañeaban, miraban sin ver, perdidos en alguna parte, en ninguna parte; y en esa cara sin lágrimas estaba toda la guerra y estaba todo el dolor.

Julio dejó su fusil en el suelo y empuñó la cámara. Corrió la película, calculó en un santiamén la luz y la distancia y puso en foco la imagen. Los hermanos estaban en el centro del visor, inmóviles perfectamente recortados contra el muro recién mordido por las balas.

Julio iba a tomar la foto de su vida, pero el dedo no quiso. Julio lo intentó, volvió a intentarlo, y el dedo no quiso. Entonces bajó la cámara, sin apretar el disparador, y se retiró en silencio.
La cámara, una Minolta, murió en otra batalla, ahogada en lluvia, un año después.