martes, 4 de diciembre de 2012

Ante el Caso de la "Virgen que Llora" un Cuento de Fontanarrosa


EL EXPERIMENTO DE HERMES KOLOBRZEG / Roberto Fontarrosa

En realidad, yo fui a Pueblo Muñiz a cubrir la nota del "niño-carancho". Pueblo Muñiz es un pueblo de no más de 4.000 habitantes y uno de ellos es, justamente, Hermes Kolobrzeg.
Pero eso lo descubriríamos Ignacio y yo el último día previsto para quedarnos, cuando ya la nota del "niño-carancho" parecía haberse pinchado definitivamente.

Ignacio era el fotógrafo que me acompañó en la ocasión. Me había impresionado, sí, la ansiedad casi desesperada que demostraba todo el pueblo para señalarme el comportamiento particular de ese chico. E incluso la actitud  desolada del intendente al comprobar que el pequeño, con su inercia, con su apatía, con su falta de colaboración, estaba tirando abajo toda la expectativa que había puesto a Pueblo Muñiz por fin en las noticias de los diarios nacionales al menos durante unos días.

Ignacio y yo nos habíamos pasado dos jornadas enteras al pie de aquella acacia,
apuntando él con su cámara para arriba, esperando que Raulito (así se llamaba el "niñocarancho") iniciara alguna acción digna de ser reflejada por la prensa. Alternativamente, la gente del pueblo (repito, aferrándose al acontecimiento como quien lo hace a un bote de salvataje) rodeaba junto a nosotros la base del árbol o se alejaba bajo la consigna de "Déjenlo solo, déjenlo solo, que sino se cohíbe".  Nos recomendaban, asimismo, acercarnos o escondernos; enfocarlo con un teleobjetivo desde el campanario de la iglesia o despertar su curiosidad manipulando grabadores y cámaras  fotográficas junto a la acacia; adoptar una conducta prescindente o hablarle con palabras afectuosas pero precisas.
Su hermana mayor (que era quien nos llamara a la redacción del diario) procurando que el chico bajara, llegó incluso a llevarle un trozo de carne podrida, algunas entrañas que donó la carnicería y hasta un gato muerto que halló rastreando junto a las vías.

Pero todo fue inútil.
En resumen, tras algunas fotos más o menos felices del pequeño, tras algunas entrevistas no demasiado jugosas con sus familiares más cercanos, su maestra y algunos compañeritos de escuela, decidimos con Ignacio que el asunto no daba para más y que solo restaba meter las cosas en el auto y regresar a Buenos Aires.

El propio intendente vino a hablarnos, tratando de convencernos de que nos quedáramos, pero ya me había telefoneado Zambrano desde la redacción diciéndome que nos necesitaban por allá. Pueblo Muñiz, al parecer, veía desvanecerse su momento de gloria y la posibilidad de ser, al menos por una vez, el centro de atención del país. Como graciosa concesión a las fuerzas vivas de la localidad optamos con Ignacio por no irnos esa tarde, sino pasar allí otra noche y marcharnos a la mañana temprano, descansados, porque el tirón en auto era largo. Durante la cena en el más que austero comedor del hotel "Nueva Roma" vino otra vez el intendente, otra vez la hermana del "niño-carancho" (reiteró que se trataba de un malcriado) y el prosecretario del Club Social y Biblioteca General San Martín, de Pueblo Muñiz, quien nos regaló un plato impreso con el escudo de la institución y un banderín.

Ya en la sobremesa, solos con Ignacio, fumando un cigarrillo, apareció Hermes Kolobrzeg. Era un hombre de unos setenta  y  pico de años, pelado, no muy alto pero corpulento, con las mejillas rojas como si lo hubiesen abofeteado momentos antes. Se presentó como ingeniero físico. —Estoy trabajando fundamentalmente en el aprovechamiento integral de la energía — nos dijo.
Tenía un leve acento extranjero y ante sus palabras, yo pensé si no estaríamos frente a otro intento solapado del intendente para retenernos allí. Ya a Ignacio, un día antes, se le había acercado una joven presumiblemente tísica jurándole haber visto en las cercanías de la parroquia la imagen de una virgen que tosía. —Usted sabe —Kolobrzeg se dirigía ahora solamente a mí, detectando, agudo, que Ignacio era apenas un fotógrafo— que la reserva de petróleo en el mundo se está agotando apresuradamente.

Lo dijo con un tono admonitorio e Ignacio, al igual que yo, sentimos como que los culpables éramos nosotros. —¿Y sobre qué tipo de energía está trabajando usted? —preguntó Ignacio.
—La nuestra. La energía humana.
—Pienso que ésa ya está muy trabajada —sonrió Ignacio, malo—. Las pirámides, la Gran Muralla China, tantas otras cosas que se han hecho en base a energía humana...
Kolobrzeg lo miró con infinita conmiseración. Y volvió a dirigirse a mí para explicar.
—Todo ser humano tiene una energía —puntualizó—. Es más, esa energía ha podido ser
fotografiada —ahora sí, incluyó en su mirada a Ignacio—. Lo que se llama comúnmente el
"aura".
—Recuerdo, recuerdo —acordé— todo eso de Lobsang Rampa. "El tercer ojo".
Kolobrzeg apretó una sonrisa, enarcando las cejas y haciendo un oscilatorio movimiento
con su nudosa mano derecha.
—Bueno, usted sabe... Lobsang Rampa...
—Poco serio ¿no?
—Eh... No está bien que uno hable así de un colega, pero... Lo mío es otra cosa. Se
trata fundamentalmente de aprovechar al máximo la energía que se desprende del cuerpo
cuando el ser humano muere. Lo miramos.
—¿No era el alma eso? —volvió a la carga Ignacio.
—Usted sabe que apenas el ser humano muere —lo ignoró Kolobrzeg— se desprende de
él el ectoplasma, una emanación natural, la parte externa de la célula para explicárselo en
términos accesibles. Muy bien, eso es energía pura, potencia pura que se diluye... ¿Adonde va el ectoplasma?
—Eso... ¿adónde va? —se preguntó Ignacio, que estaba modelando una palomita con
un papel plateado, sin mirarlo.
—No sabemos a donde va. Lo más factible es que se diluya en el infinito. En el espacio.
En una palabra, se pierde, se malogra, se malgasta.
—Como el gas que se ventea en el sur —dije yo.
—Exactamente —estalló Kolobrzeg—, es  un fantástico ejemplo. La humanidad ha
estado desperdiciando cantidades impresionantes de energía sin darse cuenta. Nos hemos desangrado cavando pozos petrolíferos, perforando hoyas submarinas, mandando a morir niños, mire lo que le digo, niños, en las minas de carbón. Estudiando la mejor manera, desde hace poco, de aprovechar la fuerza del sol o  de los vientos, o del mar, sin reparar que la máxima fuerza de energía estaba dentro nuestro. Dentro de cada uno de nosotros. Y solo basta aguardar hasta la muerte natural del ser humano para tomarla y convertirla en potencia,
en megaciclos, en electricidad...

Nos quedamos en silencio. Kolobrzeg con  una actitud expectante, como aguardando nuestra respuesta. Ignacio, al  parecer, abstraído en la configuración de su muñequito de papel. Yo, esperando algo más del visitante. El silencio se fue estirando de forma molesta.
—Vea, señor Kolobrzeg —dije por fin—.  Acá con el compañero estamos un poco
cansados. Mañana tenemos que arrancar más bien temprano para Buenos Aires...
—Lo sé, lo sé, lo sé... —recitó, maníaco, Kolobrzeg, agitando la cabeza y las manos,
como una disculpa.
—¿Qué es lo que nos quería decir, qué es lo... ?
—De eso justamente quería hablarles. Usted me dice que se van mañana por la mañana. Yo quería pedirles, en nombre de la ciencia y en el mío propio, que se queden hasta el mediodía. Porque mañana yo voy a realizar una prueba, digamos, final, sobre mi teoría, y pienso que para ustedes sería una nota de enorme importancia, debido más que nada a que serían los únicos periodistas del mundo presentes en el experimento.
—Gentil de su parte —ceñudo,  Ignacio acicalaba su palomita de papel, con dedicación
de entomólogo.
—No soy muy afecto al periodismo —admitió Kolobrzeg—. Pero tampoco desconozco las ventajas de la difusión. Y sería muy tonto y muy egoísta de mi parte desaprovechar la visita de dos periodistas de un medio tan importante, no invitándolos a concurrir.
Yo resoplé.
—¿A qué hora tendrá lugar ese experimento y en qué consiste?
—Lamentablemente, lamentablemente —Kolobrzeg elegía las palabras— no puedo precisarle con exactitud la hora por las mismas causas que pasaré a explicarle y que atañen a la segunda parte de su pregunta, en lo que respecta a en qué consiste. Estoy esperando que muera mi amigo Barbato.
Ignacio abandonó su atención sobre la papirola y clavó la mirada en Kolobrzeg. —Le explico —siguió éste—. Obviamente,  para testear un experimento sobre el aprovechamiento de la energía vital que se desprende de un ser humano al morir, se necesita un ser humano que esté por morirse —sonrió bonachonamente, como quien hubiese expuesto una verdad de Perogrullo—. Hay un gran amigo mío, Dardo Barbato, que, pobrecito, se está muriendo. Es cosa de horas. Pero el médico me aseguró que duraría hasta mañana. No más del mediodía. Un cuadro irreversible, pobre Dardo.
—¿Él le permitió el experimento? —preguntó Ignacio que, como buen fotógrafo, había
olfateado la sangre.
—No... —alargó un tanto la palabra, Kolobrzeg—. No. En realidad no. Pero hemos sido íntimos amigos. Nos criamos juntos. Y estoy seguro que, de estar consciente, Dardo no hubiese tenido ningún problema en prestarse a este adelanto. Un hombre sensible a todos los problemas del ser humano. Inquieto. Curioso. Dispuesto a experimentar los avatares de la vida.
—¿Por qué no se lo propuso usted?
—Un derrame cerebral —Kolobrzeg se señaló la cabeza—. Una cosa repentina. Hasta
injusta, le diría.
—¿Hombre grande?
—Mi edad, más o menos. Un par de años más. Pero estaba fenómeno.
—¿Y la familia? ¿Lo aceptó la familia?
—Es solo, pobre Dardo. Solo. Su esposa murió hace ya quince años. No tuvieron hijos.
Le digo más, lo está cuidando ahora un enfermero. Y a la noche, ya, dentro de un rato, va a ir un miembro de los Bomberos Voluntarios de Pueblo Muñiz. Si no, no hay nadie que lo cuide.
—¿A qué hora piensa que tendríamos que estar allá? —pregunté, operativo.
—Vénganse a eso de las diez. Por cualquier cosa. El médico me dijo que para las doce seguramente ya se podría desocupar la casa.

A la mañana siguiente nos despertamos más tarde de lo previsto.
Cargamos el auto rápidamente con los bolsos, pagamos el hotel y nos fuimos hacia la
dirección que nos había dado el ingeniero físico.
Cuando llegamos estaba en la puerta, retando a un pibe que jugaba a la pelota. Se le iluminó la cara en cuanto nos vio. Sin duda no confiaba demasiado en nuestra palabra. La casa del agonizante Dardo era modesta pero amplia, como suelen ser las casas de los pueblos.
Y adentro nos encontramos con una señora, quien nos saludó con austeridad y nos hizo pasar a la cocina.

—Es Clara, mi esposa —indicó Kolobrzeg— nos va a ayudar un poco. Ella es muy dispuesta y en estos casos es bueno el respaldo de una mujer. Serviles café, Clarita, mientras esperamos.
No nos sentamos. Queríamos transmitirle de alguna manera a Kolobrzeg que estábamos de paso.
—¿Y habrá que esperar mucho? —preguntó Ignacio, respetuoso a pesar suyo, bajando la voz. Kolobrzeg, mientras se iba hacia otra habitación, disminuyó el volumen del televisor (que pasaba dibujitos animados) y nos invitó a seguirlo.
—Muy poco —bisbiseó— ya casi no tiene signos vitales. Pueden mirarlo desde acá.

Nos asomamos a la puerta. En una cama de una plaza yacía un hombre viejo con la lejana placidez de los moribundos. Solo alteraban la pacífica imagen algunos cables que partían de sus sienes, fijados allí con cinta adhesiva y otro que se introducían en sus fosas nasales y en sus oídos.
—Vayan a tomar un café —nos indicó Kolobrzeg, ya al comando de la operación—.
Clarita se los prepara. Yo voy a verificar las conexiones.
—¿Puedo sacar fotos? —consultó Ignacio.
—Las que quiera. Eso sí. Sin flash por favor.
—No hay problemas —dijo Ignacio, manipulando sus lentes.
—Se habla de que los moribundos, en el  momento preciso de la muerte —explicó
Kolobrzeg— ven como un enceguecedor destello de luz. Si usted con el flash produce el mismo efecto, eso puede llevar a Dardo a una gran confusión. Y es mejor no arriesgar.
Yo me senté a la mesa de la cocina. Clara sirvió el café murmurando por lo bajo, ceñuda.
—Van a perdonar el estado de la vajilla —musitó, agria—. Es lo que pasa en las casas de los hombres solos. Hay que ver cómo está todo esto. Una dejadez, una desidia.
—Suele ocurrir, señora —admití—. Yo vivo solo y a veces no puedo evitar que... O no hay tiempo para...
—No es solo eso, señor —profundizó la mujer—. Cuando Dardo estaba casado con Ruth, su esposa que murió hace ya mucho, pobrecita, ya era así.  Indolente, abandonado. No sé como Ruth podía soportarlo.
Ignacio volvió, animado, y se sentó a mi lado. Tomó un trago de café largo y enérgico.
Recorrió con la mirada la cocina.
—¿Tendría algunas galletitas, señora? —preguntó. Siempre me ha admirado el
caradurismo de los fotógrafos—. Salimos corriendo para aquí y no tuvimos tiempo de
desayunar.
—No nos despertaron los del hotel —traté  de disculparlo. Clarita pasaba un trapo
húmedo sobre la mesa.
—Tendría que fijarme —seguía meneando la cabeza, contrariada. Y hablando en
murmullos—. Pero qué puede tener este hombre, pan duro podrá tener. Ahora me fijo.
—No. Deje, deje —mintió Ignacio—. ¿Tostadas no tiene?
Había una tostadora eléctrica sobre la mesada, conectada y sin duda puesta allí para
que entrara en funciones. Clarita miró la tostadora.
—Eso tienen que preguntárselo a Hermes  —respondió, cortante. Y Hermes apareció
nuevamente, más animado.
—Creo que ya estamos —comunicó, casi alegre y poniendo el dedo índice de la mano
derecha sobre sus labios—, ya estamos. No tardará más de quince minutos.
—Je... —farfulló como para sí Clarita acomodando ahora la alacena—. Como si se
pudiera confiar en la puntualidad de Dardo...
—Clarita... —abrió los brazos Kolobrzeg implorando algo de flexibilidad.
—Acordate a la hora que llegaban cuando iban al club...
—Clarita..,.

—Dígame, señor Kolobrzeg —decidí interrumpir para evitar una situación algo tirante—.
¿En qué consiste más o menos este experimento? ¿Cómo podremos nosotros, legos en la materia, advertir si la prueba ha dado resultado o no?
—Trataré de explicarles lo más sencillamente posible —dijo Kolobrzeg— aunque el experimento en sí es muy sencillo. El sistema en sí es sencillo —se entusiasmó—. Y eso es lo que lo hará práctico, económico y accesible. Ustedes habrán visto los cables que están conectados a mi amigo Dardo, pobre Dardo.  Muy bien, esos cables son receptores que captarán la energía despedida en el ectoplasma de Dardo apenas éste se haya... este... ehhh... retirado, fallecido. Esa energía pasa luego a una suerte de transformador, muy simple, que está en el garage y que no les he mostrado hasta ahora por falta de tiempo. De allí la energía vendrá hasta aquí y llegará hasta esa tostadora eléctrica —señaló hacia la tostadora que ya habíamos observado—. Dentro de la tostadora hay, como cualquiera puede imaginarlo,
dos rebanadas de pan lactal.
—Lo único que encontramos —meneó la cabeza, Clarita—. De milagro. Vaya a saber
desde cuándo lo tenía en el aparador...
—Y será todo muy simple, como suelen serlo estos primeros pasos en un camino si se quiere desconocido —continuó Hermes—. La energía activará la tostadora y saltarán las tostadas.
—Medio verde estaba —sumó Clarita—. Con hongos.
—Usted podrá comprobar —me dijo Kolobrzeg— que la tostadora está conectada al
transformador. Que no está unida a ningún enchufe eléctrico ni cosa parecida. Perdónenme.
Voy a ver a Dardo —miró el reloj— no creo que tarde mucho más.
—Cuando estén las tostadas... —intervino Clarita, trayendo una azucarera—. Usted me
había pedido ¿no?
Ignacio negó con la cabeza.
—Le agradezco. Por ahí paramos a comer algo en el camino.
—Si es que funciona —dudó Clarita—. Porque Hermes, con estas cosas... Miles le he
conocido y nunca han...
—¡Ya está! ¡Ya está! —Kolobrzeg apareció de pronto, desde la habitación, grave y a la
vez entusiasta—. Ya está, pobre Dardo...
—¿Ya....? —Clarita se acongojó de pronto, tapándose la boca con el mismo trapo rejilla
con que repasaba la mesada.
—Pobrecito.... —murmuró Hermes. Se sentó a la mesa, perfilado como para vigilar la
tostadora. Ignacio tomó la cámara. Yo me quedé algo perplejo, con esa inquietud reverencial que siempre provoca una muerte cercana.
—No deberían ser más de tres minutos —calculó Kolobrzeg, controlando su reloj. El
tiempo se nos hizo insoportablemente largo, los cuatro con la vista clavada en la tostadora.
—Ya. Ahora debería ser —advirtió, trémulo, Kolobrzeg. Cerró un puño, frustrado—.
Vamos, vamos... ahora....
Pero nada sucedió. Ignacio me pegó una ojeada. Yo fruncí los labios.
—¡Vamos! —urgió de nuevo, Kolobrzeg.
—¿No habrás....? —comenzó a preguntar Clarita, y en eso saltaron las tostadas. Todos
pegamos un respingo. Pero lo que cayó sobre la mesada fueron dos pedazos de pan
carbonizado, irreconocible, humeante.
—Pero... —barbotó Kolobrzeg, dudando si tocar las tostadas calientes con sus dedos
temblorosos—. Están... están... absolutamente quemadas... No... no sirven para nada...
—No importa —procuró Ignacio, ser solidario—. Comemos cualquier cosa en el
camino...
—¿Qué falló? ¿Qué falló, Dios mío? —se preguntaba convulso Kolobrzeg.
—¿Sabés qué pasa, Hermes? —Clarita había salido de su acongojado mutismo—. Que
Dardo, y que Dios me perdone, nunca hizo nada bien, Hermes... Nunca... Seamos sinceros...
Nunca sirvió para nada Dardo.
Recogimos los bolsos, las cámaras y salimos. Afuera nos encontramos con la hermana
del "niño-carancho" que nos andaba buscando, frenética. Nos dijo que el niño se había movido durante la noche. Que estaba ahora en un sauce muy cerca de donde nos encontrábamos. Que algo sin duda lo había espantado o lo había atraído. No le hicimos caso. Cargamos las cosas en el auto y nos volvimos a Buenos Aires.
En Acebal paramos a desayunar.